Martes 14 de Agosto de 2018

Cultivar de forma tradicional podría terminar con la obesidad y el hambre

Enero 19, 2018

En 1986, la cadena de comida rápida McDonald’s anunció que se instalaría en la Plaza España en Roma, Italia. La protestas en su contra dieron paso al movimiento Slow food (o comida lenta), iniciativa que tres años después terminó transformándose en una organización que hoy tiene presencia en 160 países. Carlo Petrini, su fundador, estuvo ayer en el Congreso Futuro.

“El sistema alimentario global es un fracaso, es criminal y necesita un cambio de paradigma”, dijo en un severo “itañol”, como él mismo lo describió. Carlo Petrini aboga, al igual que el movimiento Slow food , por que la comida que llega a la mesa sea buena para los consumidores, pero también para quienes la producen y para el planeta.

Derroche inútil

Hoy se producen alimentos para 12 mil millones de personas, pero en el mundo solo viven 7 mil millones. Más encima, ese tercio de comida que se desperdicia no llega a los cerca de mil millones de personas malnutridas o que directamente están viviendo hambrunas. Las cifras ya son desalentadoras, pero si se suma que toda esa producción genera más del 30% de los gases de efecto invernadero, el panorama es más que gris. Ahí está la crisis para Petrini.

Como parte del mismo panel, titulado “Comernos al planeta”, David Rieff, periodista y analista político estadounidense, también habló de crisis, pero desde una arista distinta. “Hoy no existen las hambrunas ‘naturales’, solo las políticas”, aseguró. “El gran problema es pensar que la ciencia va a solucionarlo todo, cuando este es un dilema de justicia”, dijo.

Si bien pareciera que esto está muy alejado de la realidad local, no es así, afirmó luego Soledad Barruti, periodista argentina que ha investigado sobre la agricultura tradicional en toda Latinoamérica. “Parece que cuando vamos al supermercado encontramos mucha diversidad, pero es cosa de ver las etiquetas para darse cuenta que todo está hecho de las mismas cosas”, expresó.

“Nos estamos comiendo unos pocos animales, además de harina, azúcar, aceites baratos, y unas frutas y verduras que, por lo general, no tienen gusto a nada”, dijo. Su contrapropuesta: recuperar el conocimiento de la agricultura tradicional.

En su investigación por Latinoamérica, la periodista descubrió que en Brasil hay granjas tradicionales donde se cultivan 400 tipos distintos de mandioca; en Perú hay tal diversidad de papas que existe una reserva dedicada a ellas; mientras que en México pueden llegar a convivir en un solo lugar 70 tipos de maíz, 244 de hierbas, 200 de pimientos y 70 de porotos. “La respuesta al problema alimentario es ir a buscar a las personas que saben producir”, señala.

“En los últimos 60 años la comida perdió su valor y ahora solo tiene un precio”, dijo Carlo Petrini. “Se perdió la atención de la gente que trabaja en el campo, el privilegiar lo local, el respeto por el medio ambiente”, agregó.

Privilegiando este tipo de agricultura, argumenta el panel, no se desperdiciaría comida y aumentaría su valor nutricional.

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